Negocios fallidos (Parte 2)

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Siguiendo con mis periplos en el mundo de las startups hoy me gustaría hablaros de la segunda empresa que intenté crear. Antes de empezar, a modo de aviso, me gustaría dejar claro mi punto de vista sobre el éxito empresarial. La siguiente imagen lo resume a la perfección:

éxito negocios

Me explico, ¿verdad? Fuera de nuestro querido país (sobretodo en aquellos países de mentalidad más anglosajona) este imagen es comprendida por todo el mundo. El fracaso es un activo valioso, es garantía de que nos encontramos ante un luchador. Sin embargo en nuestra España las cosas no siempre son así. Con esto dicho, vayamos al grano de una vez.

Creo que ya dejé escrito que una parte de mi trabajo consiste en ser asesor empresarial, algo que siempre me ha gustado mucho. El hecho de poder ayudar a alguien a materializar su proyecto, a darle vida, siempre me ha cautivado mucho. Ser la comadrona de ideas, de nuevos proyectos. Verlos nacer, enseñarles a andar, a hablar. Es genial.

Precisamente por esta faceta más vocacional mía decidí que una buena idea de negocio podía ser buscar un nexo entre la clásica consultoría empresarial y las nuevas tecnologías telemáticas. Cabe decir que cuando emprendí este proyecto estábamos a finales de 2011 y la gente se maravillaba con cosas como poder ir al psicólogo a través de la webcam o recibir consejo de tu médico de la mutua a través de internet. Mi idea era sencilla: Unamos la clásica asesoría tecnológico-legal con las nuevas tecnologías; es decir, ofrezcamos asesoría para startups de forma deslocalizada, a cualquier emprendedor español, y gratis (en sus primeras consultas).

Primer ‘handicap’: Yo sabía cómo trabajar como asesor tecnológico-empresarial (llevaba casi 4 años en el sector privado con dicha actividad), pero no tenía ni idea de temas legales, léase obligaciones tributarias, marcos legales, constitución de sociedades… y un largo etcétera. Conclusión: Necesitaba un buen socio que paliara mis carencias. En aquel entonces estaba establecido en Barcelona, por lo que empecé a concertar reuniones con asesorías/consultorías para proponerles el ‘partnership’.

A la tercera reunión conseguí que una consultoría catalana con oficinas en la misma Diagonal (además de 3 o 4 más repartidas por el territorio catalán) se interesara en mi proyecto. Así que, tras la reunión con dicha consultoría, iCat Consultors, empecé a plasmar sobre papel de inmediato mi exhaustivo plan de negocio. Teníamos una segunda reunión en una semana.

Me puse de pleno a ello. En aquella época yo ya era un firme seguidor del agile management (antes de que se pusiera tan de moda), así que desarrollé un plan de negocios para llevar a cabo una versión minimalista del proyecto en el mínimo tiempo posible. Por cierto, si no sabes lo que es el agile management aún estás a tiempo de ponerle remedio: Qué es el agile management.

Celebrada la segunda reunión, empezamos a desarrollar la plataforma de inmediato. Nuestra idea era tener en menos de 2 meses una plataforma funcional. Y así lo hicimos.

La semana del lanzamiento yo mismo me encargué de hacer llegar a los “medios” del sector un comunicado de prensa. Al tratarse de un producto nuevo y que no acababa de encajar en lo que ya existía, no sabíamos muy bien cómo promocionarlo a través de campañas de publicidad o SEM. Recordad que en 2011 no había tantas opciones de segmentación y la publicidad en Facebook, por ejemplo, estaba en un estado muy embrionario aún, por lo que encontrar usuarios objetivos a los que anunciarte era más complejo de lo que es hoy en día.

De entrada los medios no nos hicieron demasiado caso, hasta la segunda semana que uno de los más importantes del sector “emprendeduría” decidió dedicarnos un pequeño -pero elogiosos- artículo.

Dicho artículo provocó una avalancha de usuarios, y también hizo que los demás medios empezaran a hacernos caso y, a su vez, publicaran reseñas sobre nosotros. Efecto bola de nieve.

A finales de la segunda semana teníamos dos centenares de peticiones de consultoría. La tercera semana llegamos al medio millar. No teníamos personal para atender tantas peticiones. Recordad que una de las premisas era que las primeras sesiones de asesoría eran gratuitas y se respondían en 48h laborables. No recuerda haber consumido tanto redbull en mi vida como en esas semanas.

No teníamos presupuesto para ampliar el personal dedicado a atender las peticiones de consultoría. No teníamos inversores dispuestos a darnos una inyección de capital para salvarnos el trasero. Y eso que los buscamos desesperadamente, pero era del todo imposible cerrar un acuerdo en cuestión de días y poder mantener los plazos de entrega de los informes. Además, apenas habíamos conseguido una decena de clientes “de pago”, por lo que en términos de rentabilidad no teníamos ninguna garantía a ofrecer al hipotético socio capitalista.

Morimos de éxito. Simple y llanamente. No esperábamos tal respuesta del público. Al no poder atender las consultas de los usuarios (o atenderlas parcialmente) se empezó a hablar mal de nuestra empresa. Al buscar nuestro nombre en Google aparecíamos rodeados de críticas negativas en foros y blogs personales.

Estudiamos detalladamente la situación. No supimos como salir de ella. Así que envíamos un mailing pidiendo disculpas a todos nuestros usuarios y les explicamos que, con mucha resignación, teníamos que cerrar la entrada de nuevas peticiones y retrasar la entrega de las ya aceptadas hasta nuevo aviso.

No todas las historias tienen final feliz.

Pero sí lección aprendida.

Cómo trabajé en España desde China

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Hace poco más de un año, las aspiraciones con mi trabajo aumentaron y decidí que era el momento de salir a trabajar al extranjero, donde poder aprender nuevos idiomas a la vez que conseguía mantener la dirección de mi empresa sin problemas. Creía que podría continuar con mi trabajo fuera de España, al mismo tiempo que buscaría nuevos inversores que aportasen una ayuda económica para mi recién fundada start up. (Como supondréis se trata de mi actual empresa, en la que aún estoy trabajando. ¿Y de qué trata dicha empresa? ¿A qué se dedica? Esa ya es otra historia que os contaré más adelante…).

El problema vino cuando decidí que mi destino iba a ser China, pero hasta que no llegué, no pude darme cuenta de la alta restricción con la que cuenta Internet en el país asiático. Yo necesitaba trabajar como fuera para mi sitio en España, con lo que indagué en mi mente de emprendedor y recordé que contaba con este servicio VPN llamado HideMyAss.

HideMyAss, la solución para emprendedores en el extranjero

Para los que no sepáis lo que es una VPN, sus siglas se traducen como Virtual Private Network. Se trata de una red privada virtual que permite conectarse a Internet, como si estuviéramos navegando desde cualquier país del mundo.

Gracias a este programa, conseguí conectarme como si estuviera navegando desde España, con lo que las restricciones de la red de China, creyeron que realmente estaba conectado desde fuera de sus fronteras, eliminando todas las restricciones que tiene su red y permitiéndome trabajar en mi negocio.

Parecía ser mi día de suerte, ya que, horas más tarde, conseguí reunirme con varios empresarios chinos que buscaban invertir en empresas europeas, así que les ofrecí la mía. Tras unos minutos de presentación y la entrega de varios documentos con todos los datos de mi empresa, me conecté con HideMyAss a mi servidor en España y pude mostrarles algunos de mis trabajos, que terminaron convenciéndoles. Esto fue un gran empujón tanto para mí como para mi empresa y a día de hoy, gracias a este programa, sigo trabajando con ellos.

Restricciones en la red de Internet china

China es un estado soberano que se sitúa en Asia Oriental, se trata del país con más habitantes del mundo y es la primera potencia mundial en poder adquisitivo.

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Por desgracia, para mantener estos niveles que lo convierten en un país destacado a nivel mundial, su gobierno es muy estricto en la mayoría de los ámbitos de la vida de sus ciudadanos y por ello, como era de esperar, Internet fue uno de los más afectados.

Según algunas agencias de información, el Internet chino cuenta con millones de páginas web restringidas y no por ello tienen que ser dañinas para sus usuarios. El país oriental tenía hasta hace poco bloqueadas todas las páginas de Wikipedia que no fueran la propia de China y mantiene restringidos hasta el momento un total de 33 sitios web de medios de comunicación, entre los que se encuentran periódicos, canales de televisión o agencias de noticias de Internet.

Redes sociales como Twitter, Facebook, Google Plus e incluso Google en general (excepto Google Hong Kong), también se encuentran bloqueadas. Así que si algún día queréis pasaros por este hermoso pero restringido país asiático, no dudéis en llevar a buen recaudo HideMyAss.

Negocios fallidos (Parte 1)

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Como buen emprendedor, tengo un buen historial de fracasos y múltiples intentos fallidos de crear productos y startups. No nos engañemos: el éxito es una sucesión de fracasos. Simplemente éstos se van encadenando, hasta que de repente una idea cuaja. Simple y llanamente funciona, triunfa. Pero para llegar hasta ahí se necesita de un camino de aprendizaje, hecho de errores y fracasos. Esta serie de artículos pretende repasar algunos de mis fracasos más estrepitosos, precisamente aquello de que a la gente no le gusta hablar. Empecemos:

Pretendiendo hacerle la competencia a Roomba (la marca de robots aspiradores)

A estas altura de siglo XXI, creo que todo el mundo sabe lo que es un robot aspirador Roomba (aquí más información). Bien, pues resulta que mi proyecto de final de carrera era un pequeño robot controlado con una Raspberry Pi que era capaz de reconocer una estancia y moverse de forma autónoma y eficiente a través de ella. Básicamente funcionaba con una pequeña torreta láser móvil (360 grados de movilidad) que mapeaba el entorno. La información era procesada por la Raspberry Pi, que a su vez creaba un mapa virtual de la estancia y la recorría de forma ordenada y sistemática.

Su comportamiento, no os voy a mentir, era modélico. Funcionaba realmente bien. Detectaba obstáculos, no chocaba, aún acercándose mucho a ellos, y su patrón de movimiento lineal en zig-zag cubría toda la superficie.

Visto el éxito de mi robot mapeador y lo caóticos que eran los Roomba cuando se trataba de mapear y recorrer una habitación, me dije: “hey, puedes crear un robot aspirador mucho mejor que los Roomba”. El primer paso fue buscar un par de compañeros de curso a los que embauqué para que formaran parte de mi proyecto (gracias otra vez, Manuel y Susana). Manuel era experto en diseño industrial, así que él se encargó del diseño del sistema de cepillos y aspiración. Susana, que tiraba más por el lado del software, diseñaría conmigo todo el sistema de algoritmos y la “inteligencia” del robot.

Pronto nos dimos cuenta que nos habíamos metido en un negocio que, por nuestra limitada experiencia y escasos recursos, difícilmente podríamos abordar como era preciso. Sólo hacía falta ver el alcance de nuestro hipotético competidor directo, Roomba: llevaban años haciendo robots para ejércitos de medio mundo e incluso habían colaborado con la nasa. Nos dimos cuenta que necesitaríamos un equipo mucho más grande para desarrollar el producto que deseábamos y, lo que aún es más importante, una inversión mínima de 1M de dólares.

Ser conscientes de ello nos desanimó. ¿Realmente nos queríamos embarcar en un negocio de dicha envergadura habiendo apenas acabado la carrera? Su complejidad y los miedos propios de los veinteañeros nos abrumaron. El proyecto acabó, simple y llanamente, muriendo, aún habiendo hecho importantes avances en el tema del diseño y del software que lo controlaría.

¿Y la moraleja?

No puedo saber qué habría sido de nuestro proyecto si hubiéramos tenido valor suficiente (e inversor) para tirarlo adelante. Sin embargo, desde aquél fracaso que he aprendido a medir bien dónde me meto y a ser consciente de mis limitaciones. Cuando uno es joven se cree capaz de todo, pero la realidad lo acostumbra a llevar de nuevo a ras de suelo. Y con esto no quiero decir que soñar a lo grande sea malo, ni mucho menos. Pero los grandes sueños implican grandes sacrificios y riesgos. En aquella época, para nosotros, hubiera implicado arriesgarnos mucho, aún sin tener la experiencia necesaria, además, de poner en peligro el dinero de un hipotético inversor. Hubiera implicado dedicar la totalidad de nuestro tiempo a dicho proyecto, eliminando la vida social y demás aspectos de la vida que no fueran trabajo. Sin embargo, que nosotros no pudiéramos, o quisiéramos, no significa que tu no puedas.